Liverpol De Premier

El Liverpool de Jurgen Klopp enmudeció Do Dragao sin exhibirse, a pesar de llevarse cinco goles de ventaja a Anfield Road. Lo hizo, en mayor medida, por el planteamiento de un FC Porto que, salvo los primeros diez minutos de la noche, se cayó para no poder levantarse. En la caída se desmoronaron sus intenciones y aunque siguió pensando en ideas similares, el partido se había abierto de par en par. Sin cerradura, Conçeicao dejó entrar a quienes no debían. Mané, Salah y, sobre todo, Firmino, el hombre del partido, bailaron a orillas del Duero. La noche fue suya cuando eso nunca puede ser así si quieres parar al Liverpool de Jurgen Klopp.
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El inicio fue portugués, en base a dos medidas. Agresividad en campo contrario, con los laterales alzando su posición para empujar a los reds, verticalidad con la pelota, siendo muy directo hacia las bandas e intentando llegar en superioridad y en carrera. Esta intención tuvo su impacto en determinadas fases del encuentro -22 a 14 en duelos áéreos, 6 córners a 1, el doble de regates-, pero no en ocasiones reales. El peaje para el Porto es que el ritmo alto y la poca calidad de sus mediocampistas para ordenarse arriba y sitiar a su rival no fue posible.
La segunda idea que elaboraron los de Conceiçao fue situar su bloque defensivo en mitad de cancha, sin presionar a los centrales y alejándose de Jose Sa. Por dentro ganaba en número y salía con fiereza si surgía un apoyo de Milner, Wijnaldum o incluso Firmino. Si eso no sucedía, el Liverpool se armaba de paciencia. Van Dijk y Lovren se pasaron el balón hasta el hartazgo, ejemplificado en cambios de orientación del holandés. La ventaja para el Porto estaría en robar un envío que el Liverpool forzara por el carril central. Y sucedieron dos cosas.
Cuando el balón llegaba filtrado, el Porto se quedaba en clara inferioridad numérica. Con un solo pase raso y vertical, el Liverpool eliminaba dos líneas, seis jugadores, y tenía a sus cracks para crear la jugada. Reyes y Marcano, defensores activos, salían a robar, pero dejaban mucho espacio delante y atrás. Si el Porto robaba y salía, verticalizaba y lo hacía sin precisión. Ese detalle terminó por configurar el partido más plácido que el tridente red, su verdadera identidad ofensiva, pudo tener.
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El Porto no pudo o supo rectificar y los golpes encajados en la primera mitad tuvieron consecuencia en la segunda. Herrera y Oliveira naufragaron tras constatar, individual y colectivamente, que las ideas que plantearon los portugueses no estaban incidiendo en un defecto del Liverpool y terminaron potenciando sus mayores virtudes. El Porto tapó el carril central, esperando que los zagueros tuvieran que tomar riesgos, pero no los tomaron, y esperaron siempre un momento más propicio. Después, las incursiones individuales, la imprecisión en las transiciones impidieron finalizar ataques, dejando espacios entre líneas y contexto que que el Liverpool se sintiera como en la Premier.
El Liverpol está dando la talla!